El sábado 28 de Mayo estuve en la plaza del Dos de Mayo, el corazón de Malasaña, observando y participando en la asamblea que allí tuvo lugar.
No quiero ser muy prolijo. Me gustó. Sentí un agradecimiento enorme por ver el paisaje urbano de mi infancia trocado en la utopía que tantas veces soñé. Gente en la calle, hablando de política pacíficamente, y esperando cambiar su futuro por algo mejor.
Lo más importante para mí no fue el contenido de las conversaciones, sino las formas. No hay un cambio si no se produce una renovación estética. Y en este caso el cambio es la comunicación. El contenido llegará, aunque de momento sea escaso.
La vieja generación de las idea utópicas (a la que pertenezco, quizá por desgracia) deja paso a los jóvenes de la comunicación pragmática, quienes desarrollan intervenciones muy breves en la asamblea, con turno de réplica. Algunos no tan jóvenes se asoman a la palestra, incluso un puñado de vecinas. La conexión con el público se produce mediante gestos codificados, que permiten hablar sin ser intimidado, sin tener que ponerse a gritar. Aunque a veces suenen los tradicionales aplausos.
La reunión comienza con iniciativas para levantar la acampada de Sol, con el objetivo de ahorrar fuerzas en un movimiento que se entiende a sí mismo como destinado a durar en el tiempo, y que no quiere desgastarse prematuramente.
Al final se vota el mantenimiento, celebrar más asambleas periódicas, y se propone que en caso de poner un punto (y seguido) a la acampada se conserve un tendal de información permanente en Sol, destinado a dar un hilo conductor a iniciativas de más calado que pretenden ser internacionales, y que necesitan tiempo y permanencia para difundirse bien.
Rodeados de puestos de antigüedades y de artesanía, la nutrida asistencia de la plaza se quedó disfrutando no sólo de las novedades ciudadanas, sino de los madrileños placeres de siempre, la caña y el vermú,

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